Fiorella Molinelli y la política de resultados: por qué el Perú necesita gerencia antes que demagogia

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En el Perú de hoy, hablar de política suele ser hablar de decepción. De un Estado que llega tarde, de instituciones que no responden y de una ciudadanía que, cansada de la crisis permanente, escucha una y otra vez promesas grandilocuentes que después chocan con la misma realidad: hospitales colapsados, inseguridad desbordada, burocracia inmóvil y regiones que siguen esperando que el desarrollo deje de ser un discurso y se convierta en un hecho. En ese escenario, la discusión electoral no debería girar solo en torno a quién grita más fuerte, quién polariza mejor o quién domina la coyuntura. Debería girar, sobre todo, en torno a quién está en capacidad de gobernar.

Ese es, precisamente, el punto en el que la candidatura de Fiorella Molinelli intenta marcar distancia. Su propuesta no se presenta como una épica del enfrentamiento ni como una plataforma de consignas vacías, sino como una tesis de gestión: un Estado que funcione, que ordene, que articule, que mida resultados y que coloque a la salud, la seguridad y la modernización pública en el centro de la agenda nacional. En su visión de país, plantea que la salud no sea un privilegio, que las familias vivan seguras y que los jóvenes encuentren oportunidades reales en un país con instituciones más eficientes.

No es un matiz menor. En un sistema político acostumbrado a convertir cada elección en una subasta de ofertas imposibles, el valor diferencial de una candidatura está, cada vez más, en la consistencia entre diagnóstico y propuesta. Y allí Molinelli ha optado por una ruta específica: no vender una fantasía refundacional, sino insistir en que el Perú necesita menos improvisación y más gerencia pública. Esa definición atraviesa su plan de gobierno de manera nítida. El documento propone “una gestión pública eficiente”, un “Estado digital, descentralizado y enfocado en resultados concretos”, y desarrolla esa lógica en capítulos enteros dedicados a salud, seguridad, reforma del Estado, descentralización e inversión.

La fortaleza principal de esa apuesta está en el sector salud, probablemente el espacio donde Molinelli busca construir su mayor legitimidad política. Su plan describe al sistema peruano como una “crisis estructural persistente”, con fragmentación entre SIS, EsSalud y otras redes, carencias de infraestructura, largas listas de espera, baja digitalización y ausencia de una gobernanza meritocrática. El propio documento plantea como objetivo construir un sistema “universal, integrado, moderno y eficiente”, con atención primaria fortalecida, datos interoperables, infraestructura adecuada y una gestión basada en resultados. Además, propone medidas concretas como el intercambio prestacional universal entre SIS y EsSalud, una tarjeta única con historia clínica interoperable, modernización de adquisiciones y disponibilidad de medicamentos esenciales.

Ese énfasis no aparece en el vacío. El Ministerio de Salud aprobó en 2025 los indicadores de brechas de infraestructura y acceso a servicios del sector, mientras el propio diagnóstico sectorial de brechas 2025-2027 reconoce problemas persistentes en cobertura e infraestructura. A la vez, el INEI sigue mostrando amplias diferencias territoriales en recursos, establecimientos y acceso efectivo a servicios, incluso en un contexto donde la afiliación al seguro de salud ha crecido. Dicho de otro modo: tener más población asegurada no equivale, por sí solo, a tener atención oportuna y de calidad. El problema de fondo sigue siendo la capacidad real del sistema para atender, resolver y acompañar al paciente.

Ahí es donde la propuesta de Molinelli gana peso político. Porque no se limita a repetir que la salud “es importante”, algo que cualquier candidatura podría decir. Lo que plantea es una reorganización del sistema bajo una lógica de integración operativa, interoperabilidad de datos, meritocracia en la gestión y reducción de tiempos de espera. Incluso fija metas como reducir listas de espera, fortalecer atención primaria y universalizar la historia clínica única en el sector público. Más allá de si todas esas metas serán fáciles de alcanzar, lo relevante es que el enfoque no descansa en el slogan sino en instrumentos de gestión.

La segunda gran columna de su propuesta está en seguridad. Y aquí también se observa una diferencia de enfoque frente a la política tradicional peruana. Durante años, buena parte del debate sobre inseguridad ha oscilado entre el efectismo y la reacción. Más patrulleros, más operativos, más discursos de mano dura. Pero el deterioro continúa. El IEP reportó en 2025 que solo tres de cada diez peruanos se sentían muy o algo seguros, y menos aún en Lima Metropolitana. A la par, el Estado ha seguido reconociendo la magnitud del problema: el CEIC actualizó en enero de 2026 cifras oficiales de criminalidad, mientras distintos reportes han dado cuenta de la expansión de la extorsión, los homicidios y otras economías criminales.

En ese contexto, el plan de Molinelli no plantea solo endurecimiento discursivo, sino un rediseño del mando estatal en seguridad. Propone un Comando Unificado contra la Criminalidad con capacidad ejecutiva real, articulación obligatoria entre Policía Nacional, Fuerzas Armadas, Ministerio Público, sistema penitenciario y gobiernos subnacionales, además de una Plataforma Nacional de Inteligencia Criminal interoperable. El objetivo explícito es superar la dispersión de mandos, priorizar el control territorial y medir resultados. Complementariamente, el plan desarrolla una reforma de la Policía con especialización en inteligencia, profesionalización meritocrática, depuración interna y más capacidades tecnológicas.

Ese punto merece subrayarse porque dialoga con una de las grandes frustraciones del electorado: la percepción de que el Estado reacciona, pero no conduce. La seguridad en el Perú se ha convertido en el ejemplo más claro de descoordinación institucional. Por eso, cuando una candidatura coloca como centro el mando unificado, la interoperabilidad y el control de resultados, está haciendo algo más que presentar una medida técnica: está enviando un mensaje político. Está diciendo que el problema del país no es solo de voluntad, sino de capacidad de gestión.

La tercera dimensión del planteamiento de Molinelli está en la idea de un Estado menos declarativo y más ejecutor. Su visión de país y su plan insisten en digitalización, descentralización real, lucha contra la corrupción, inversión con reglas claras y un aparato público que no estorbe sino sirva. El lema recogido en resúmenes públicos del plan —“un Estado que sirva, no que estorbe”— resume bien la orientación general: reducir fricción burocrática, ordenar prioridades y convertir la acción pública en una herramienta efectiva para cerrar brechas, no en un obstáculo más.

Eso también conecta con un problema estructural del país. El Perú no está únicamente atrapado en una crisis de representación; está atrapado, además, en una crisis de ejecución. Las comunidades no reclaman solamente discursos más cercanos. Reclaman agua, salud, seguridad, empleo, conectividad, transporte y presencia estatal. Reclaman que las políticas públicas bajen al territorio y no se queden en Lima, en el expediente o en la conferencia de prensa. Cuando Molinelli pone énfasis en descentralización con gestión, en desarrollo territorial y en una agenda de políticas sectoriales enfocada en universalidad, equidad y eficiencia, intenta precisamente responder a esa brecha histórica entre el anuncio y el resultado.

Por supuesto, ningún análisis serio puede convertir un plan de gobierno en una garantía automática de éxito. Toda propuesta debe pasar por el filtro de la viabilidad política, fiscal e institucional. Pero ese no es el punto central de este debate. El punto es otro: en medio de un ecosistema electoral donde abundan candidaturas que apelan al enojo social sin traducirlo en una arquitectura clara de soluciones, la propuesta de Molinelli intenta colocarse en un terreno menos emocional y más operativo. Y eso, en el Perú actual, ya constituye una diferencia relevante.

Además, hay un aspecto simbólico que no debe subestimarse. La candidatura de Molinelli busca reponer en la conversación pública una idea que en el Perú suele quedar relegada: gobernar también es administrar bien. Gobernar es saber priorizar, articular equipos, corregir procesos, evitar duplicidades, construir indicadores, destrabar inversiones, digitalizar sistemas, exigir meritocracia y sostener políticas en el tiempo. Esa mirada puede sonar menos espectacular que el populismo, pero responde mucho mejor a lo que necesitan las comunidades cuando exigen soluciones concretas y no solo identificación retórica.

Porque ese es, al final, el problema de fondo de la política peruana reciente. Se ha confundido cercanía con improvisación, liderazgo con confrontación y sensibilidad social con oferta irresponsable. En demasiados casos, la promesa fácil ha desplazado a la capacidad real de ejecución. Y el costo de ese error lo pagan sobre todo los sectores más vulnerables: los que esperan una cita médica durante meses, los que viven bajo amenaza de extorsión, los que trabajan en la informalidad, los que sobreviven en distritos donde el Estado apenas aparece.

Bajo esa lectura, Fiorella Molinelli intenta construir una candidatura contra la corriente. No porque renuncie a la disputa política, sino porque quiere mover el eje del debate: de la indignación a la solución, del eslogan a la gestión, del populismo a la gerencia. Su apuesta, en esencia, es que el próximo gran cambio que necesita el Perú no pasa por un mesías político ni por una promesa maximalista, sino por una administración competente del Estado. Una administración que entienda que la salud no puede seguir fragmentada, que la seguridad requiere mando y coordinación, y que las políticas públicas deben medirse por su impacto en la vida de la gente.

En una elección donde probablemente abundarán los gestos de espectáculo, esa puede ser su principal fortaleza: ofrecer una narrativa de gobierno basada en experiencia, estructura y resultados. La pregunta de fondo no es solo si el electorado premiará ese perfil. La pregunta más importante es si el país está finalmente dispuesto a entender que sus problemas más graves no se resuelven con más de lo mismo. Que el Perú no necesita otra campaña de frases grandilocuentes, sino una conducción capaz de convertir las urgencias nacionales en políticas concretas, sostenibles y realizables. Y que, en esa discusión, la figura de una gerente pública puede terminar siendo mucho más pertinente que la de otro político profesional del aplauso inmediato.

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